17.3.16

Hormigas



Ellas fueron juntas al cementerio. Todas las hormigas del pueblo visitaron la tumba reciente. Las había por miles, como una lengua negra de petróleo recorriendo las calles.  Poco a poco las hormigas se habían apoderado de aquel rincón de olvido y no había forma de hacerlas desaparecer. El vigilante del cementerio estaba desesperado. Hacía poco que había sido contratado y no se podía permitir semejante desorden en su cementerio. Desde el mismo día que enterraron a aquella mujer, ellas lo poblaron todo. El vigilante hizo sus averiguaciones. La difunta era una solitaria anciana de largos cabellos que no se relacionaba con mucha gente. La mujer vivió toda su vida en una casa oscura, con las ventanas tapiadas y un despeinado jardín lleno de enredaderas. Nadie había venido a su entierro. Bueno, sí. Las malditas hormigas.  El periódico local se hizo eco del misterioso suceso pero a penas se logró averiguar nada más. De noche, sus cuerpos menudos producían un curioso efecto óptico sobre la fría piedra, eran una entidad viva y palpitante, casi eléctrica. Aquella noche de luna llena el vigilante del cementerio  estaba especialmente alterado con la presencia de los diminutos insectos. Se abalanzó sobre ellas blandiendo un bote del más potente insecticida que pudo encontrar. Las hormigas se apartaron sólo lo suficiente como para tomar impulso y en un abrir y cerrar de ojos lo envolvieron con sus vibrantes cuerpos apretados. Ahí estaban ellas: miles de minúsculas hormigas defendiendo con determinación la nueva guarida de su amada reina. El hombre lo entendió demasiado tarde. Sólo cuando su boca se llenó de hormigas, y ya no pudo respirar, comprendió que había cometido un sacrilegio y que pagaría con su vida.
A la mañana siguiente, las hormigas habían desaparecido. Del vigilante sólo quedaron los zapatos y el bote de insecticida, delicadamente apoyado contra la lápida como un último y peculiar homenaje a la difunta.

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