29.6.16

Amigo fiel

Es la hora de volver a casa. A las doce, mi humana empieza a preparar la comida y no me puedo perder el espectáculo. La diminuta cocina se llena de cacharros, movimiento y buenos olores. Siempre hay algún regalo para mí. Cuando suenan las doce en el viejo reloj del mercado ya es hora de partir rumbo a mi hogar. Aunque aquí huele de maravilla, no ha habido manera de pescar ni un trocito de boquerón. En este mercadillo es muy difícil pillar nada, no tiran ni una raspa al suelo. Lo pesan todo con mucho mimo y los gatos no somos bienvenidos por  estos dominios. Pero yo vengo igual todas las mañanas a olisquear y mirar con ojos suplicantes a ver si alguien se apiada de este pobre, y hambriento y desamparado minino. En realidad, soy un gato bien alimentado y feliz que tiene la suerte enorme de poder salir a pasear sin problemas todos los días. Salgo a eso de las ocho, ya desayunado, tras haber saludado efusivamente a mi dueña para que se sienta contenta conmigo y me dé de comer muchas cosas ricas. Luego, cuando ya me he frotado bastante contra sus delgadas piernas me zampo el contenido de mi cacharro como si no hubiera un mañana. La verdad es que no tengo mucho apetito a esas horas, pero no quisiera hacerle un feo a la mujer, que me cocina expresamente unos platos muy condimentados y algo indigestos pero que dejan buen sabor de bigotes. En lo que estábamos, que después de zamparme mi desayuno tengo que hacer algo de ejercicio. Aprovecho que mi humana está haciendo sus quehaceres para escabullirme por el jardín. Hay un agujero considerable detrás de las azaleas que es perfecto para mí. Bueno, tengo que empezar a vigilar lo que como porque llevo unos días que me quedo un poco atascado y la imagen no es nada digna para un gato elegante como yo. Si el perro tonto del vecino fuera lo bastante madrugador disfrutaría de un espectáculo gratuito de contorsionismo nada estético que no estoy dispuesto a brindarle.
Hoy voy un poco más rápido de lo habitual, cuando han sonado las doce campanadas me he sentido raro. He notado cómo se me erizaba el pelo de todo el cuerpo. Tengo que darme prisa, he de ir con mi humana. Ella me necesita. Corro entre las piernas de los atareados compradores y casi tiro al suelo a un par de despistados que se han cruzado en mi camino. A la carrera no soy el minino adorable que suplica comida con ojos líquidos y relucientes. Corriendo soy como una bestia parda con fulgor en la mirada. Soy una centella, una pantera en miniatura… Vale, una pantera un poco rechoncha y más parecida a un panda, pero con mucha clase aún y así.
Nada más desatascarme de la valla de mi jardín siento que algo anda mal. No noto en el aire el olorcillo de algún guiso cociéndose en la atiborrada cocina de la casa. Se me vuelve a erizar toda la piel. Mi humana, mi vieja adorable, ¿dónde está el frus-frus de sus zapatillas sobre el linóleo? Silencio absoluto. Tengo frío en las patitas.
Antes de entrar en la cocina detecto una  de sus mullidas zapatillas rosas en mitad del pasillo. Allí está, quieta y boquiabierta, como esperando ser mordida por mí. Pero no tengo tiempo para juegos, ¿dónde se esconde mi humana, mi amiga? Empiezo a maullar con toda mi alma de gato viejo. Allí está ella, tirada en el suelo, retorcida contra los fogones con la mirada perdida en el techo. Rujo de dolor, salto sobre ella y lamo su cara fría, sus pliegues blandos, con toda mi alma. Mi lengua rasposa apenas consigue hacerla reaccionar. Pero sí, aún hay vida en su cuerpo retorcido. Entonces aumento la intensidad de mis maullidos, mis alaridos desesperados alertan por fin al vecino de al lado, el dueño del perro tonto que tanto me incordia, pero que en ese momento me parece un dios de los mares. El hombre actúa con rapidez y le aplica los primeros auxilios a mi viejecita mientras llama con el móvil a emergencias.

No sé si saldrá de ésta, pero de una cosa sí estoy seguro. Yo no me bajo de encima de mi amiga ni que me den con una pala. Aquí estoy yo, ronroneando sobre su regazo, hasta que lleguemos al hospital y luego me quedaré en vela toda la noche para cuidar de ella, porque es mi humana y es mi responsabilidad. Y a ver quién es el guapo que se mete con un minino adorable como yo, un adorable gatito que apenas pesa 8 kilos. No me moverán.¡Miau!




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