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28.7.15

Abrazo de espinas

Tienes las manos de escarcha. Cuando me tocas el frío se instala en mi piel,  me traspasa hasta el hueso. Pero si no me tocas me muero. Me pregunto por qué esa necesidad de estar contigo. Tú nunca me has amado demasiado, ni con locura ni siquiera con rutina. Llegas a mí en la noche, como un ladrón de sueños y me pides mi cuerpo. Un minuto de eternidad y hasta tus manos se derriten. Te doy mi cuerpo, mi aliento, cada centímetro de piel y sudor. Y cuando te entrego el alma, tú te levantas y huyes.

Pienso todo esto rumbo a mi nuevo hogar. El tren avanza rápido y silencioso. A mi lado hay sentada una mujer mayor. Está dormida, parece cansada pero contenta. Quizás de su vida, o de una buena comida que acaba de degustar. Quizás sueñe con años mejores, en los que era joven y bonita y alguien amado la abrazaba por la cintura.
Si miro por la ventana veo deslizarse el paisaje y yo con él me vierto en recuerdos que me alejan del sueño.
No puedo dormir. Hace siglos que no duermo como Dios manda. Sólo me logro zambullir en el mar de Morfeo cuando tomo mis pastillas. Si cierro los ojos mi mente se vuelve un laberinto en espiral con todos mis malditos recuerdos. Pero ¿qué recuerdos? A veces tengo la extraña sensación de haberlos simplemente soñado cuando aún podía dormir. No, no puedo engañarme. Por desgracia los recuerdos son reales, y sacuden mi corazón como los traqueteos de este tren.

Te conocí un día cualquiera. Eso no importa demasiado. La verdad, cuando te vi la primera vez y charlé contigo pensé que eras un tipo más bien prescindible, sin nada que contar. ¡Cómo engañan las apariencias! Quién me iba a decir a mí que aquel hombre serio, callado y distante iba a cambiar mi mundo con sólo un gesto. El amigo de un amigo. Gran carta de presentación. Luego, al hablar, pues eso, que me confirmaste las primeras sospechas. Me lo dijeron tus escasa palabras, algunos titubeos y lo más delator fue tu falta de interés por nada de lo que estaba sucediendo en aquella fiesta. No bailabas, no reías las gracias, no bebías y apenas decías nada. Allí estabas como un monumento al hombre lejano. Pero de repente me sonreíste, justo cuando me iba a marchar rumbo a zonas más cálidas. Me sonreíste con tanta dulzura que me hiciste dudar, ¿acaso nos conocíamos ya y yo no te había reconocido? También pensé que te burlabas por algo que había dicho. Opté por la salida más airada y airosa. Me encaré. ¿Por qué te sonríes? Te increpé furiosa, ya que tu sonrisa no sólo no había desaparecido sino que empezó a hacerme un daño insólito. Me pregunto tantas veces por el motivo que realmente me retuvo allí a tu lado, cuando todos se habían ido a hacer cosas mejores. Quizás estaba esperando esa señal, esa sonrisa delatora. - De repente me he acordado de ti, dijiste con una voz grave que me desconcertó. Y empezaste a hablar de cuando éramos niños y jugábamos a contar estrellas en el pueblo de la costa donde veraneábamos. Se me abrió el cielo del conocimiento. Eras tú, mi dulce amigo de la infancia, mi primer y tímido amor. Pero, ¿cómo no te había reconocido? Sonreí como una tonta, alelada por los brumosos recuerdos. Pedí disculpas sin saber muy bien porque me disculpaba. Entonces la conversación cambió. Todo cambió porque empezamos a hablar de cosas reales y ambos nos centramos uno en las palabras de la otra y viceversa. 

La mujer se acaba de desvelar. Paladea sonoramente mientras se arregla las ropas y parpadea incómoda por el exceso de luz que entra por la ventana. Me pide con un gesto simpático que corra un poco la cortinilla. Y sin más se vuelve a zambullir en sus sueños. La miro y no puedo evitar sonreír con ternura, me recuerda a mi abuela. Es grato pensar en ella, me aleja por un momento de ti, de toda tu oscuridad. Ella era tan cariñosa y compresiva conmigo... Ahora ya no está y la echo tanto de menos... Siento que ella me ve, me protege porque la siento de una forma muy peculiar cerca de mí a pesar del tiempo que hace que ya no está entre nosotros.
Mi mente es tan traicionera... Ahora que me había adormilado un poco pensando en mi querida abuela, vuelve al ataque con tu imagen.

A partir de esa noche no pude dejarte en ningún momento. Nos fuimos juntos a contar estrellas y lunares en el cuerpo del otro. A contar marcas de nacimiento, cicatrices en las rodillas, tatuajes secretos. Todo el tiempo era insuficiente para explorar tanta belleza salvaje puesta bajo las yemas de nuestros dedos. Hicimos el amor; primero con las palabras, hasta la extenuación del intelecto. Y así, vencidos de argumentos, sin nada más que contarnos, dejamos hablar al cuerpo su propio lenguaje clarividente y revelador. Ese fue el hacer el amor definitivo y perturbador que mi alma había estado buscando en cada cuerpo, en cada alma. ¡Ah, pero que engaño, mi dulce traidor!
Así estabas creando un pozo para mi desdicha, atándome a tu cuerpo para una eternidad.

Pronto se hará de noche. Al amanecer llegaré a mi nueva ciudad. Un nuevo trabajo y una casa por estrenar, con nuevos vecinos y amigos por conocer, me esperan con los brazos abiertos. O eso creo. Necesito esta oportunidad de volver a empezar. Porque si no echo raíces en algún lugar volveré como una náufrago a las peligrosas costas de la desolación. Y no quiero eso. Nunca más.

Recuerdo que empezaste a pedirme cosas extrañas que yo aceptaba como parte de un juego maravilloso y único. Era mi forma de decirte que te quería con locura, que tú eras mi alma perdida y encontrada. Pero tú estabas demasiado centrado en explorar nuevas posturas o extravagancias conmigo como para preocuparte del alma y esas minucias. No fui capaz de verlo, sólo sentía que tu cuerpo era mi cuerpo, y que tu deseo aumentaba con cada encuentro. Mi deseo, sin embargo, fue decreciendo a medida que veía como el resto de mi vida no casaba para nada con nuestra nueva y desconcertante manera de vivir. Perdí amistades, me fui alejando de todos. Sólo me importabas tú. Dejé mi trabajo por un proyecto estúpido que me propusiste. Todo lo dejé por ti. Fui dependiente hasta la extenuación. Y tú, a medida que veías lo que podías hacer conmigo te volviste cruel y despiadado. Incluso llegaste a despreciarme cuando era de día para sólo acercarte a mi al caer la noche. Por el día tenías a otras. Podía olerlo en tu piel, en tu aliento. Tú te reías y me dejabas con la duda como si te complaciera verme sufrir por celos.

Me levantaré un rato para estirar las piernas. Empiezo a tener un poco de hambre. Sería bueno que me acercara al Bar y pidiera un bocadillo de algo. O tal vez un café. No creo que pueda aguantar nada sólido mientras esté en el tren. Mi compañera está despierta y mira distraída una revista de cotilleos. A veces se sonríe, casi con malicia. Me hace gracia esta mujer con la que apenas he cruzado unas cuantas palabras de cortesía y unos pocos gestos de amabilidad. Mejor un café. Bien cargado para que me sea imposible soñar y volver a las pesadillas. Ahora con la cafeína por mis venas me acurruco en mi asiento dispuesta a pasar una larga noche sin sueños. Pero la naturaleza humana me traiciona, otra vez. Sin saber cómo es posible caigo en un sopor de pesadilla en el que te veo una y otra vez sobre mí, con esa cara de expresión glacial. Y oigo tu voz que araña mis sentidos pidiéndome una última locura: Una orgía en una casa abandonada. Participar con aquellos desconocidos para mí en un encuentro fuera de toda norma y razón, fue la última entrega que pude hacerte. Me veo a mi misma degradada, humillada, usada a tu voluntad y a la de otros sin rostro pero con manos pesadas cómo lápidas. Todo era tan irreal y dañino, tú eras mi peor droga. Me dejé llevar al borde de la locura. Malditas horas de perdición. Yo sólo te quería a ti y me dejé arrastrar. Pero algo dentro de mí se rompió para siempre y salí huyendo de aquella casa infernal.
Un ruido fuerte me ha despertado. Estoy desorientada y cansada. Tan cansada...
De repente me sorprenden los ojos atentos de mi compañera de viaje. Me mira en silencio con una extraña expresión que no acabo de discernir debido a la oscuridad.
- Hablaba en sueños, me dijo con voz suave, se la veía angustiada. La mujer me mira casi con ternura, me siento abrumada por una extraña sensación de irrealidad. Si quiere hablar sobre lo que le pasa...Me murmura amable. Algo en ella me da tanta confianza, me siento tan necesitada de afecto y comprensión que sin saber cómo empiezo a hablar. Un caudal de palabras sale de mi boca, me voy deshaciendo de tu veneno y ella simplemente me escucha y pregunta lo justo. Ella está allí para mí. Me siento agradecida. Los ojos se me inundan de lágrimas cuando me dice:
- Cuando llegues a tu nuevo hogar quema todas sus fotos, todo lo que te recuerde a él tíralo. Borra su número de teléfono y nunca jamás le busques ni te pongas en contacto con amigos en común. Sólo así te liberarás de parte de los recuerdos. Lo demás es cuestión de tiempo. Recuerda que tú has sido más fuerte que él. Vas a ser capaz de empezar de nuevo. Y no te preocupes...Siempre estaré contigo...

-Próxima parada... Grita el revisor. Me remuevo inquieta en mi asiento y abro los ojos con el corazón palpitante. No hay nadie en el asiento de enfrente, mi compañera ya no está. Pero yo me siento feliz, liberada. He llegado a mi destino. Lo que ha pasado esta noche no sé si ha sido un sueño o una alucinación producida por las noches sin dormir. Pero sé que ya no volveré a tu abrazo de espinas. Nunca más dejaré de ser yo para hundirme en tu oscuridad. He llegado a mi parada y sé que jamás volveré a contar estrellas con aquel niño extraño. Aunque dentro de mí algo se aferra a tu veneno, sé que venceré porque soy fuerte y no estoy sola. Nunca más estaré sola.



Noelia OC


28.6.15

Escaleras

La casa era pequeña, como un laberinto de arena en una botella. Las cosas siempre estaban por en medio, todo nos molestada. Tú subías las escaleras descalzo y te escondías en los armarios de la ropa blanca a leer poemas de Anne Sexton y a suspirar con cosas que ya no estaban allí. Yo salía al diminuto jardín a regar las plantas, a cazar mosquitos y a beber lentamente cervezas frías que nunca me emborrachaban. Por la noche subía las escaleras para verte, quería darte un beso y rozarme las mejillas con tu barba de dos días. Pero a veces no te encontraba en el minúsculo piso. Habíamos creado universos paralelos y en esos espacios ilimitados nos sentíamos demasiado cómodos como para buscarnos de verdad.

Había demasiadas escaleras que no iban a dar a ningún sitio.

Escaleras que eran como un laberinto.

Y allí seguimos, perdidos, para siempre. Hasta que uno de nostros encuentre en centro. O la salida...



18.4.14

Maldita canción

Las palabras fueron avispas, siempre avispas asesinas en mi boca vencida. Siempre fue demasiado tarde para nosotros. 

Nos mordíamos los labios, nos arrancábamos la ropa y la razón. Pero estábamos en la lista de promesas a olvidar, en la larga lista que guardo desde entonces en lo más oscuro de mi corazón. No podiamos ser. No fuimos más que un sueño. Un fuego ajeno, una eyaculación sin sentido en el centro del olvido. La chispa adecuada, la que no pudo ser. La que hizo arder mi pelo y tus manos en mis pechos. La que me reventó por dentro, la que me elevó al cielo, al precipicio de tus desvelos. 

La última vez que te besé era verano y la cuesta hacia mi casa, el infierno. 
Aún guardo tu aroma enredado entre los dedos y esta canción, esta maldita canción que como un mantra deliberado me ancla al pasado y al desamor. 

Por eso te escribo rosas como espinas, largas, afiladas, trepando por tu recuerdo hasta el centro del dolor. Porque ya no duele, y en el fondo (niña mala), en el fondo siempre he echado de menos esos años amargos e inocentes.



Eras mil tormentas. Y eras increible.


;)






11.2.14

Asesina mis lunes

Lame mi espalda. 
Dedícame el tiempo de las arañas.
Pisa mis desmayados lunes.
No los quiero.
Sólo a ti, besándome con barba de dos noches.
Sólo a ti con tu mano en mis pestañas.

Cántame algo muy loco.
Como una canción infantil dónde salga un gato.
Me gustan.
Tanto como que arañes mis hombros con tus pelos:
alambres de punta fina.

Lame mis rodillas.
No me dejes caer.
Hoy no. Maldito lunes de viento glacial.
Diez minutos dame.
Sólo diez minutos preciosos
y tú como un marinero intrépido en mis mares.

Eso es lo que necesito hoy
para que hoy sea otra cosa.
Una buena historia que contar 
a nuestros nietos inventados

Eso quiero.

Ven a poblarme el vientre de saliva
y desmanes. 
Que me importa un bledo este lunes-infierno
si te tengo entre mis muslos abiertos.

Lame el centro de todos los precipicios.
La laguna dónde se esconde la segunda 
mujer que amé
un domingo.

Y ahora te digo,
mi magnífico compañero de vida y de almohada.
Ahora te digo que haces que todos 
los lunes se mueran de rabia
porque ya no rompen la risa:
no me matan.

Tú lames mis heridas
y encuentras tesoros escondidos
en lunares y sudores
que bebemos sobre sábanas
asombradas.

Asesino de mis lunes-trampa, 
buen compañero de camino.
Lame mi espalda,
yo lameré tu corazón.
Sé que tú también los odias.
Tienes una pequeña colección de madrugones
con despertadores que explotan.
Yo también puedo con ellos.

Somos los guerreros que limpian
de maldad el calendario.
Y somos imbatibles.

(PUBLICADO EN RELATOS Y TINTA OCTUBRE 2015)  



21.6.13

La pecera

La pecera (fragmento I+II)


Mis padres son hermosos. Muy hermosos y falibles. Viven sus vidas extrañas y preciosas. Sus burbujas de aire casi azul. En su casa, que ya no es la mía, viven mi padre y mi madre encerrados con una sonrisa pintada en los labios. Se pelean mis padres, con amor, con mucha ternura. Se escupen mis padres sus reproches, con delicadeza, con un toque de dulce ironía. Mi madre entra en perfectas espirales concéntricas y no sale jamás. Mi padre, silencioso, la ama tanto que nunca moverá un dedo por sacarla de allí. Y así año tras año, mis padres tejen su red de besos y fracasos. Y yo, su única hija, miro esta belleza sin igual. Ya no puedo intervenir, ¡Sus actuaciones son tan perfectas y estudiadas! Es cómo mirar una pecera llena de hermosos peces tropicales y saber que el agua está muy caliente, ardiente como lava, y que es mejor no meter la mano, porque pueden ser pirañas esperando nuevos manjares. Mis padres se devoran. Es una curiosa forma de amar. Cada día los amo más y sé que no puedo nadar en esa pecera. Por eso, a veces, siento una tristeza líquida que me empaña la mirada. Ver eso es muy duro. Para ellos el dolor también es una forma de amor. Comprender que mis padres cada día son más alimento, menos persona, es  duro. Quizás ellos sólo quieren enseñarme una lección angustiosa y vital que no sé cómo traspasaré yo a mis hijos, si los tengo. Porque al salir de la pecera que es mi casa, al huir lejos del embrujo de sus calientes aguas multicolores, me he acostumbrado demasiado al orden vulgar del mundo exterior. A las oficinas, las calles atestadas de gente, los grandes almacenes con su pulido caos interior, con la oferta punzante de su mercancía. Me he acostumbrado a los mensajes claros que exigen mi presencia, mi participación, que quieren que yo sea una ciudadana ejemplar y vote, y compre, y esnife vida. Ahí, estoy en medio de la vorágine de un mundo que me reclama, que con su lógica pura quiere que me implique hasta la muerte.
Todo lo contrario que mis padres: ellos me han expulsado de su perfecta pecera, de su hermosa cárcel de amor y dolor. Puede que lo hagan por mi bien...
Sólo sé que intento olvidar el destierro de su locura, porque cada día, con el pedacito de pecera que hay en mí, yo me creo mis propios mundos en los que habitar la realidad que me ha tocado vivir. Sólo una vez al mes, cuando he de ir a comer a su casa, vuelvo a cuestionármelo todo. Vuelvo a sentirme refugiada en busca de asilo.
Como hoy. Es domingo, y mis padres me esperan, muy guapos, muy elegantes. Con cosas divertidísimas que contarme, con proyectos de algodón de azúcar rezumando de sus labios. Llevo una botella de vino blanco y una caja de galletas, Trías, las mejores galletas del mundo. Estoy preparada para el torbellino de escenarios, de pequeñas representaciones forzadas de amor. ¡Delicioso! Sólo de pensarlo se me hace un nudo en la cordura, y empiezo a verlo todo con los colores cambiados. Esta es una alteración particular que me prepara para la inmersión momentánea en la pecera de mis padres. Mi cuerpo se prepara. Mi mente se cubre de azúcar glaseé.
Mi madre habrá cocinado arroz con pollo, o pollo con arroz, o delicias de arroz con menuditos de pollo, o... Alguna otra misteriosa variedad de estos dos ingredientes. Mi padre, que ya habrá probado algunos de sus vinos, intentará impresionarme con la cata de uno en  especial que case con la opípara comida de mamá. Yo entraré con una  sonrisa de anuncio de ortodoncia, y muchos besos, y algún gritito exagerado, para regocijo de mis padres que aprecian esas deliberadas muestras de teatreo filial. Y todo serán preguntas, vacías preguntas con vagas respuestas sobre el trabajo, los novios que no llegan, los sueños que nacen para morir discretamente...

Menos hoy. Algo ha pasado en la pecera. Aún intento pensar con claridad, recomponerme. He llegado como de costumbre y mis padres me han recibido sonrientes como los pececillos amaestrados que son. Nos hemos sentado a la mesa con normalidad. La conversación era muy animada. Mi madre parloteaba sobre cualquier pequeño detalle de las horribles fiestas que preparaban sus amigos. Mi padre asentía con los ojillos brillantes y, sospechosamente locuaz, alababa cada pequeña ocurrencia de mi madre. Cuando de repente, casi sin querer, mi madre dijo: -Ah, y encima se trajeron al “rarito” de su hijo, que ya tiene 30 años.  El corazón me dio un vuelco. Estaban hablando de los Jimeno Beltrán, los antiguos vecinos del 5º3ª. Y de su hijo Ángel. –Ese chico salía contigo, ¿no, Violeta? Dijo mi madre muy sonriente y risueña. Acto y seguido apuntó directa a mi corazón con la más fina estocada. –Parece ser que no se recupera de la depresión, el pobre.
Ya no pude tragar más pollo con arroz. Se me hizo una lenta pelota en el esófago. Y la sonrisa se me cayó de los labios al plato. Pero ni mi padre ni mi madre notaron nada. Todo parecía igual, sin embargo, algo dentro de mí, en un oscuro pozo del recuerdo, se removió.  Mis padres siguieron con la función pero yo me puse blanca. Murmuré una escusa vaga y me levanté en dirección al baño. Mis padres se quedaron boqueando como peces fuera del agua. Ángel, Ángel. Una voz martilleaba en mi cerebro. Tantos años y aún lo sentía punzante dentro de mí. De camino al pasillo cogí mis cosas y me fui de casa. Era la primera vez que hacía algo así, tan impactante en la rutina de mis comidas familiares. Subí las escaleras muy lentamente. Con cada peldaño rememoraba aquel fatídico día en el que crecí de golpe y perdí demasiado. (:::)

20.5.13

Bailemos despacio, bajo la luz de esta tristeza

Bailemos despacio bajo la luz de esta tristeza.
Dejemos que nos inunde el pecho todo este dolor.

Es bueno, es dulce, es sublime
sentir las lágrimas brotar de tus ojos
y no retenerlas,
dejar que salgan, que limpien que se lleven el dolor.
Bajo esta luz de tristeza.
Bajo esta dulce mortal belleza,
bailemos juntos, como nunca hemos estado.

Coge mis manos,
siente el latido de mis palmas,
el calor de mis dedos
en esta noche helada.
Los dos seremos libres en este baile,
este último baile antes del amanecer.
¿Qué me importa a mí que ya no estés
si te sigo sintiendo aquí?
Aquí dentro.
Y estás conmigo
en mitad de mi dolor.

Somos los más hermosos bajo las estrellas:
somos libres.
y damos vueltas mientras las lágrimas nos lamen la cara.
Nada es más brillante,
más luminoso,
que el recuerdo de tus ojos mirándome
llenando de luz la oscuridad,
de belleza el bosque quemado
desierto de acero clavado en el costado.

Somos los valientes que bailan
hasta el amanecer
¿Qué importa si no estás,
si realmente no estás?
Tú siempre aquí conmigo
en este baile final
mientras la lluvia brota de mi corazón,
de las palmas de mis manos,
de mi boca sonriente,
de mi pecho que te abraza,
de mis pies que ya no tocan suelo...

Bailemos.
Este es el momento más triste
y más grande.
A lo lejos las últimas estrellas
nos saludarán
y nada tendrá importancia
salvo el peso de tu ligera mirada
y estas lágrimas.



9.12.07

La pecera

(Fragmento I)
Mis padres son hermosos. Muy hermosos y falibles. Viven sus vidas extrañas y preciosas. Sus burbujas de aire casi azul. En su casa, que ya no es la mía, viven mi padre y mi madre encerrados con una sonrisa pintada en los labios. Se pelean mis padres, con amor, con mucha ternura. Se escupen mis padres, con delicadeza, casi con un toque de dulce ironía. Mi madre entra en perfectas espirales concéntricas y no sale jamás. Mi padre, silencioso, la ama tanto que nunca moverá un dedo por sacarla de allí. Y así año tras año, mis padres tejen su red de besos y fracasos. Y nosotras, sus hijas, miramos. Ya no podemos intervenir. Es cómo mirar una pecera llena de hermosos peces tropicales y saber que el agua está muy caliente, ardiente como lava, y que es mejor no meter la mano, porque pueden ser pirañas esperando nuevos manjares. Mis padres se devoran. Es una curiosa forma de amar. Cada día los amo más y sé que no puedo intervenir en esa pecera. Por eso, a veces, siento una tristeza líquida que me empaña la mirada. Comprender eso es muy duro. El dolor también es una forma de amor.
(...Más fragmentos de la pecera...)