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26.10.14

La reina araña


Ha vuelto. El mismo sueño que me hacía estremecer. Siento sus delgadas patas en mi cara, y su tela, la fina telaraña enredada en mi pelo. Siento su aliento en mi boca. Sus palpitaciones en mi oído. He abierto los ojos dentro del sueño como debajo del agua. Todo era turbio, oscilante. Me he deslizado hacia adentro dónde las espinas del bosque inventado eran más afiladas y remotas. Descalza. Siempre vuelvo a ese sitio descalza, las piedras arañando mis pies. Lentamente, milimétricamente perforada por miles de agujas invisibles. Silva el viento del centro de la tierra en mi cabellera. Voy al encuentro de la vieja reina. Ella me espera sentada en su trono de huesos. A sus pies los cadáveres de los hijos no deseados. De los impostores. Quiero que ella me lama la cara, me llene de miedo. La deseo tanto que no puedo contener mi impaciencia. No entiendo lo que pasa. Sólo siento. Y me dejo llevar descalza por los más oscuros anhelos. La reina araña me contempla con sus múltiples ojos pulidos, helados. Quiero verme reflejada en ellos. Mataría por ser suya. Ella lo sabe. Si pudiera sonreír sé que lo haría. Pero no puede. La contemplo en todo su esplendor. Quiero ofrecerle algo valioso. Aprieto la mano contra mi pecho y clavo las uñas. Justo eso. Eso es lo que ella quiere. Se lo doy sin sentir nada. Sólo algo parecido a la felicidad. Ella devora mi corazón.
Despacio.

Y noto algo.
Algo parecido a la tristeza, cuando ya no queda nada para mi reina. Ya no puedo darle nada más. Entonces ella chilla furiosa, hambrienta. Quiere más de mí. Miro mi pecho abierto y vacío. Lloro. No puedo darte nada ya. No puedo. Ella no comprende. Se lanza furiosa sobre mí. Despierto. 
Aún noto su aliento en mi cara. Y escucho el crujir preciso de mis huesos bajo el poder de sus mandíbulas. Vuelvo a sentirme extrañamente feliz. Mi reina, mi diosa de lo oscuro y lo maldito, ha sabido sacarme partido. Ya no queda nada de mí.

Y el sueño termina.

4.7.13

Pesadilla

Entras en mi sueño con una fina telaraña de pestañas asesinas. No puedo abrir mis ojos. Me tienes aferrada a la suavidad de mi cama. Respiro agitada mientras me lames la planta de los pies. Tienes paciencia, tienes tiempo, me tienes. Entonces las paredes de mi mundo se difuminan y empiezan a crecer enredaderas y rosas con espinas como espadas oxidadas. Ya no estoy en mi cama, mis pies tocan el suelo y tengo que correr. Corro por un jardín salvaje, cosas sin forma concreta se me enredan en el pelo, se me meten en los ojos y en la boca. Me siento perseguida por algo, algo conocido, familiar, como los monstruos de debajo de la cama. Los que de niña se comían mis calcetines y las manos de mis muñecas. Sólo las manos. Me dejaban pequeñas muñecas mancilladas con diminutos muñones insultantes y despiadados. Los odiaba. Esas cosas se quedaron conmigo, aunque no les podía poner nombre. Iban detrás de mí en el sueño.
Llego sin aliento al borde de un acantilado que se transforma en un largo pasillo angosto, lleno de cuadros retorcidos con fotos de niños perdidos. Niños que me miran con sus bocas abiertas en un grito silencioso que me aterra. Nada tiene sentido y la sensación de vértigo me hace acelerar.
Es la hora de despertar.
Ya no te quiero en mí. Es la hora de abrir los ojos, pero no puedo. Noto tu aliento en mi cara. Frío, ácido, como el sudor del terror puro. Un olor inconfundible, el mío propio, mezclado con algo primitivo, ancestral. Intento moverme y es hielo ardiente lo que siento en mis venas. Veneno. Abro los ojos y estás sobre mí, me besas con tu boca oscura y dentada. Quiero gritar, el grito se muerde la lengua de puro asco. Eres mi dueño pero yo no te lo voy a permitir más. Te quiero fuera. Ya.
Cuando suena el despertador sé que aún no me despierto, y escucho tu risa. Esa risa afilada, burlona, me acaricia la nuca antes de desaparecer.
Por hoy ya está bien. Mañana, quizás vuelvas, pero ahora el día es mío y todo su esplendor me hará olvidarme de ti. Casi como si no existieras, como si no pudieras ser, igual que las explicaciones de mi madre sobre las manos de mis muñecas mutiladas. Ella decía que era yo, (¡pobre mamá!), decía que me las comía yo de pura ansiedad. Así explicaba ella la barbarie. Igual hago contigo, maldita pesadilla recurrente, ente, demente que me sigue. Pero de todas formas, eso ya no importa demasiado. Debajo de la ducha, todos los monstruos se quedan con cara rara, como gatitos mojados. Y no dan miedo. El agua caliente recorre mi cuerpo entumecido. Es algo bueno. El día empieza. Todo lo demás es sueño.
Las pesadillas permanecen en silencio. Por ahora.