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10.11.15

Porque la tristeza es un palacio con corrientes de aire

Hay un palacio que habito despacio desde los tiempos de mis diarios infantiles. En la niñez  a través de las palabras escritas me construí un lugar seguro, alejado del ardor de mi compleja familia. Luego fui creciendo deprisa, rápido, para llegar lejos, fuera, lejos de todo aquello que no era nada y lo era todo. Me fui untando de una tristeza densa y protectora. Habité mi palacio. Un lugar mágico, recóndito. Mío. Lleno de palabras precisas y etéreas. Un lugar para soñar y saltar a través del espejo, atravesando la densa atmósfera que me tocaba respirar.
Hacía las cosas correctas. Y me peleaba con mis hermanas. Con determinación, entregada a la furia cotidiana. Todo era normal. Pero por las noches corría descalza por mi palacio lleno de corrientes de aire y esquivaba las lágrimas que como dardos me lanzaba la realidad a través de la rutina de las cosas pequeñas. Yo huía. Era la reina en mi palacio y jamás cogí un resfriado en aquellos páramos salvajes de mi imaginación. En los helados confines de mi laberinto interior me sentía libre como una gata bajo la luna.

Hice lo que tenía que hacer. Fui creciendo. Me enamoré. Muchas veces. Nunca fui correspondida. Escribí poemas hermosos y raros, malos en definitiva y muy auténticos. Los escondí en mis cajones. Salté precipicios desde las ventanas de mi palacio de la tristeza. Fui feliz a mi manera.

Y ahora, a veces, cuando nada falla en realidad, quiero volver a mi lugar sagrado. Entonces llega una canción como ésta y me lleva de la mano, de nuevo a aquel palacio de elaborados pasillos y oscuras habitaciones pobladas de sueños e ilusiones truncadas. En el fondo sigue siendo un buen lugar. 

Por eso vuelvo siempre. Porque es mi verdadero hogar.

28.7.15

Jugando al póker con la Reina Araña

Hay días oscuros dónde la sombra de la mediocridad me aplasta hasta el fondo del colchón. Hay noches de duermevela que se me revelan como hostiles puñaladas a mi corazón de tinta. Entonces me siento un poco triste, melancólica. Antes podía usar esa tristeza para abrir en canal a la puta mediocridad, destriparla sin compasión y sacar un cuento macabro o un poema delicado como las alas de una mariposa a punto de arder. Pero llevo tiempo enredada con la Reina Araña, que se come uno a uno todos mis intentos por crear algo. Algo hermoso que perdure, que toque los corazones, que arrance suspiros de terror o de inquietud de mis incautos y escasos lectores. Algo. Nada.

Nada.

Pero, de repente, en mitad de lo inmenso de la red, alguien ve algo. Alguien es capaz de ver en mis palabras ese algo que yo creo perdido. Sólo por eso sería capaz de matar de una vez a la maldita Reina Araña, matarla con su propia tela y, de una vez por todas, lanzarme a crear para no sucumbir a la vulgaridad de ser tan mortal y tan falible.

Por eso, gracias Miki Soria por tu Póker de Reinas. Tus palabras no caeran en saco roto. Ni las mías.

21.3.15

Uñas rojas, labios resecos.

Uñas rojas, labios resecos.
Me he bebido las dos copas de vino de más y dan en la tele Malditos bastardos. He pintado monas en papel del bueno y tomado helado con café en vaso de barro. Pero siento que algo no va bien, que algo muy pesado tira de mí hacia abajo, hacia el centro de la tierra. Todo se precipita sobre mi pecho callado, y las lágrimas no salen. Cómo me gusta esta película, Tarantino a lo loco pero con historia. Me pone. Ahora toda la casa huele a esmalte de uñas y estoy un poco borracha. Pero ya no estoy tan triste como ayer. O cómo hace un rato. Es como si la pintura, el alcohol y los disparos se hubiesen llevado mi tristeza. Afuera sopla un viento arrollador, de pesadilla King y todo parece encajar dolorosa pero precisamente en mi interior. Las piezas del puzzle. Cada capítulo superando al anterior hasta un cierre alucinante. Como en Malditos. Porque a mí me gustan las pelis así. Muy a lo bestia, pero que transmitan algo, joder. Estoy harta de bobadas. De romanticonadas. De chorradas de ésas que te dejan seca por dentro. Como mis labios. Labios que relamo porque aún saben un poco a chocolate.
Y ya está. Voy a recoger esto un poco y acabaré de ver la peli.
Buenas noches.


20.5.13

Bailemos despacio, bajo la luz de esta tristeza

Bailemos despacio bajo la luz de esta tristeza.
Dejemos que nos inunde el pecho todo este dolor.

Es bueno, es dulce, es sublime
sentir las lágrimas brotar de tus ojos
y no retenerlas,
dejar que salgan, que limpien que se lleven el dolor.
Bajo esta luz de tristeza.
Bajo esta dulce mortal belleza,
bailemos juntos, como nunca hemos estado.

Coge mis manos,
siente el latido de mis palmas,
el calor de mis dedos
en esta noche helada.
Los dos seremos libres en este baile,
este último baile antes del amanecer.
¿Qué me importa a mí que ya no estés
si te sigo sintiendo aquí?
Aquí dentro.
Y estás conmigo
en mitad de mi dolor.

Somos los más hermosos bajo las estrellas:
somos libres.
y damos vueltas mientras las lágrimas nos lamen la cara.
Nada es más brillante,
más luminoso,
que el recuerdo de tus ojos mirándome
llenando de luz la oscuridad,
de belleza el bosque quemado
desierto de acero clavado en el costado.

Somos los valientes que bailan
hasta el amanecer
¿Qué importa si no estás,
si realmente no estás?
Tú siempre aquí conmigo
en este baile final
mientras la lluvia brota de mi corazón,
de las palmas de mis manos,
de mi boca sonriente,
de mi pecho que te abraza,
de mis pies que ya no tocan suelo...

Bailemos.
Este es el momento más triste
y más grande.
A lo lejos las últimas estrellas
nos saludarán
y nada tendrá importancia
salvo el peso de tu ligera mirada
y estas lágrimas.



11.9.12

Las flores de la melancolía


Hoy, lunes 10 de septiembre de 2012, es el cumpleaños de mi abuela paterna, no he encontrado trabajo, y siento un agujero en el corazón. Y de alguna manera las tres cosas están relacionadas. Me explico: lo del cumpleaños de mi abuela me da alegría, pero me recuerda el inexorable paso del tiempo. Lo de mi trabajo es más complicado, llevo meses sin trabajar y me estoy reblandeciendo por dentro. Cualquier rutina se me hace un mundo y a la vez estoy nerviosa y con mala conciencia por no buscar con más ahínco, por dejar ya de quejarme de este mundo extraño que me ha tocado vivir, lo poco que importa la educación y blablablá. Y lo del agujero en el corazón es porque estoy triste.  Tengo que solucionar cosas importantes en mi vida, y eso me supone un esfuerzo enorme, colosal. El paso del tiempo, la búsqueda infructuosa de una ocupación y la losa de la tristeza son tres de los puntales de mi inspiración. Además está el tema de llorar, las lágrimas me permiten por un momento mecerme en la auto compasión. Me sienta bien llorar, me deja como serena y preparada para escribir. 

Escribir, debería ser mi válvula de escape, mi pequeña isla de salvación. Pero no. Demasiado fácil. O difícil. Prefiero mecerme en la auto compasión como un gato se enrosca sobre su cola y duerme. Dormir y dejar que todo pase. Los problemas, las ilusiones. Los miedos. Veo que todo el mundo se mueve en alguna dirección y yo no. Me quedo quieta, petrificada, anticuada… Ni siquiera se me ocurren más adjetivos, adjetivos que correspondan mejor con lo que siento… Puede que sea envidia. Eso debe ser. Envidia y tristeza. Una mezcla de orgullo y derrotismo. Combinación absurda como este afán mío por trascender. ¿Cómo? ¿Por qué? Dejar mi huella en mis palabras escritas, en mis cuentos inacabados, en mis poemas sucios. La indefensión como escudo. Y sin embargo hay belleza en todo esto, hay una extraña belleza oscura que me empuja a sucumbir una y otra vez. Deseo que esto acabe, y a la vez, oh, cómo me deleitan estas horas muertas frente a la nada de mi existencia...
Aunque no todo es oscuridad. Mi marido es fuerte; su amor: sincero y reconfortante. Pero a veces no comprende este infierno que me hiela por dentro, que me hace darle vueltas a las cosas hasta el punto de volverlas más absurdas todavía. Para él todos los problemas tienen solución. O por lo menos, se tiene que intentar resolverlos, sino es que no tienes problemas, significa que no quieres solucionarlos. Y ese es el quid de la cuestión. Que tiene razón y es odioso. Pero le quiero, a pesar de tener opiniones diferentes, tan opuestas. Yo sigo con mis quejas, sin intentar la solución. En cierta manera me reconforta todo este conflicto interior. Es lo que he vivido desde niña. La lucha infructuosa de una misma contra si misma y su conciencia. 

En mi casa, cada día se plantaban las flores de la melancolía. Unas flores extrañísimas y calientes como buñuelos recién horneados. Había canciones y gritos; besos y tortazos; arañazos y lametones. Juegos y castigos. Normas y descontrol. Carreras alrededor de una mesa para evitar el castigo de la zapatilla en las nalgas. Risas ante el televisor comentando las últimas payasadas del presentador de turno. Una atmósfera sólida, casi irrespirable y en cierta manera hostil a los jóvenes corazones que allí crecían.
Y mucho amor.
Amor desmedido, suculento, reconfortante y demoledor. Yo soy fruto de aquel hermoso hogar. Y la suma de mis pequeñas variaciones genéticas y decisiones, acertadas o no, que me han configurado hasta este punto.

Ahora sólo quiero que llueva de una vez, que pase este calor pegajoso e infernal. Deseo que me haga efecto la pastilla fuerte, la que me va a llevar de la mano al reino de las pesadillas sin sueños. Sólo quiero que mañana sea martes, y pintemos de rojo la habitación y bebamos vino con la comida. Quiero que todo esté en su sitio. Quiero hacer las cosas bien. Eso sería una novedad realmente preciosa y muy bien acogida en esta casa que es mi corazón. 
Empiezo a sentirme mejor...