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Lo que quiero

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La noche se cierne sobre mi frente. La vida es un suspiro. Quiero vivirla intensamente, a pesar de la oscuridad. Agitarme contra el miedo. Triunfar. Y si no, por lo menos que me quede la poesía. Las palabras escritas, atrapadas en su tinta. Si pierdo, que quede mi recuerdo, solemne, recortado contra el mismo cielo. Un silencio de palabras tan hermosas como efímeras flores de lluvia. Eso quiero. Eso dejo.

La mosca en tu pared o mi amor por Vetusta Morla

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La mosca en la pared observa mi desgracia. Testigo mudo de mis horas bajas.  Yo le supliqué que lo escuchara todo, que se quedara. -Serás la guardiana de mi secreto, le susurré en sueños. La mosca observaba mientras yo me perdía en el fuego negro de las pesadillas.  Ardía mi frente. La mosca agitaba un poco sus patas. Las frotaba inquieta contra sus ojos facetados. Un ligero zumbido sobre el confuso revuelo de sábanas húmedas de sudor. -Quiero que veas mi dolor, pequeña. Siéntelo vibrar en el aire viciado del cuarto. Pero mi sufrimiento era tal que la mosca prefirió volar y dejarse atrapar por la invisible telaraña del rincón. La misma de siempre. Dónde duerme paciente, la otra celadora de mi destino aciago. La araña. La reina oscura. Se dio un festín con la pobre criatura. En ese momento, caí aún más profundamente, más inconsolablemente perdida en el laberinto de cristal de mis mapas mentales truncados.  Vienes a mí en sueños y lo sabes. Tienes ese poder sob...

La reina araña

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Ha vuelto. El mismo sueño que me hacía estremecer. Siento sus delgadas patas en mi cara, y su tela, la fina telaraña enredada en mi pelo. Siento su aliento en mi boca. Sus palpitaciones en mi oído. He abierto los ojos dentro del sueño como debajo del agua. Todo era turbio, oscilante. Me he deslizado hacia adentro dónde las espinas del bosque inventado eran más afiladas y remotas. Descalza. Siempre vuelvo a ese sitio descalza, las piedras arañando mis pies. Lentamente, milimétricamente perforada por miles de agujas invisibles. Silva el viento del centro de la tierra en mi cabellera. Voy al encuentro de la vieja reina. Ella me espera sentada en su trono de huesos. A sus pies los cadáveres de los hijos no deseados. De los impostores. Quiero que ella me lama la cara, me llene de miedo. La deseo tanto que no puedo contener mi impaciencia. No entiendo lo que pasa. Sólo siento. Y me dejo llevar descalza por los más oscuros anhelos. La reina araña me contempla con sus múltiples ojos pulido...

Hurt

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Ponme la piel de gallina, hiéreme con tu canción desgarrada. Dime que sí, que ésta es de las que no se olvidan. Quiero oírtela cantar con tu voz de ceniza. Arráncame la razón y el tedio porque la herida sangra, y tu voz me salva. Me arrastra. Me deja caer pero no me estrello. Aquí sigo, viejo. Cántame, aráñame desde el sueño. Hoy es un día de esos...

La vuelta de la esquina

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Han quedado expuestas las raíces de nuestro árbol. Las veo gruesas retorcerse bajo el sol. Si cierro los ojos aún puedo ver las venas de tus manos, tus ojos cansados, tus pies, tu pequeño cuerpo mientras lo abrazo. Se ha quedado mudo tu sillón orejudo y el silbido entre tus labios. Ya no hay tiempo para contar cuentos. No quedan dulces escondidos por los bolsillos. Ha pasado el tiempo de los juegos.   Ahora vienen los años como espinas oxidadas, y ya sólo vivimos de tus recuerdos: fotos descoloridas, sonidos difusos, recuerdos de una bicicleta viajera... Y tu voz. La voz es lo primero que se olvida, lo que no se piensa que jamás pueda ser olvidado. Es un sacrilegio.  Como la muerte. La maldita muerte que es una trampa, puro veneno. Pero la muerte es paz, y duele a pesar de ser buena a su manera. Yo no lo quiero entender. Pero lo entiendo. Aunque me duelan los ojos por dentro. Porque entiendo que todo es un círculo y que tú estarás con ellos al otro lado del cerco, ...

Desafío

Tan azul que hiere lo secreto de mi piel. Tan profundo que me arroja a lo oscuro. Tan cerca que siento su aliento en mí. Tan dentro como un insecto. Así viene su recuerdo a poblar mi mente de mentiras. Viene venenoso y homicida a clavarme sus espinas. Pero no lo quiero. No quiero su peso incierto, ni su cuchillo en mi cuello, ni su hedor a romance, ni mi miedo. No lo quiero. Exorcizaré el azul y lo oscuro. Para sacar al gusano de mi corazón herido. Quemaré todas mis naves frente a la costa de la desolación. Mi cuerpo no es lugar para tanto hielo, no hay espacio para lápidas ni arsénico. Digo adiós a sus aguijones y a sus besos muertos. Cierro con mil llaves y candados los secretos de su sexo despiadado y seductor. Porque yo soy la dueña de mis barcos: capitana de mi alma y mi dolor.

Maldita canción

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Las palabras fueron avispas, siempre avispas asesinas en mi boca vencida. Siempre fue demasiado tarde para nosotros.  Nos mordíamos los labios, nos arrancábamos la ropa y la razón. Pero estábamos en la lista de promesas a olvidar, en la larga lista que guardo desde entonces en lo más oscuro de mi corazón. No podíamos ser. No fuimos más que un sueño. Un fuego ajeno, una eyaculación sin sentido en el centro del olvido. La chispa adecuada, la que no pudo ser. La que hizo arder mi pelo y tus manos en mis pechos. La que me reventó por dentro, la que me elevó al cielo, al precipicio de tus desvelos.  La última vez que te besé era verano y la cuesta hacia mi casa, el infierno.  Aún guardo tu aroma enredado entre los dedos y esta canción, esta maldita canción que como un mantra deliberado me ancla al pasado y al desamor.  Por eso te escribo rosas como espinas, largas, afiladas, trepando por tu recuerdo hasta el centro del dolor. Porque ya no duele, y en el f...