23.3.13

Ella da miedo

Ella da miedo. Es tan hermosa que da miedo. A pesar de los años que lleva muerta provoca aún miedo y fascinación. Sus fotografías son como alucinados ojos abiertos en la oscuridad. Enamora y aterroriza, porque alguien así sondeó en lo profundo y se perdió. Y se encontró a través de las fotografías, de sus preciosas criaturas de belleza epidémica y visceral. Y se perdió... Pero nunca del todo, porque sigue inspirando aún después de muerta, como los grandes. Una de las grandes. Desde lo under y lo ground siempre habrá ojos fascinados que se paseen por su magnifica geografía de símbolos y dolor.

Hace tiempo participé en un maravilloso tributo a Francesca Woodman, ya para siempre en mi corazón. Ahora os dejo de nuevo con mi humilde aportación, un diminuto cuento que explica parte de lo increíble, de lo triste, de lo bello, pero no todo. Siempre es bueno dejar que la gente se quede con ganas de más y que sienta la necesidad de seguir buscando sobre la vida y obra de la Woodman, la fotógrafa surrealista que se fue demasiado pronto.






“Mi vida en este punto es como un sedimento muy viejo en una taza de café y preferiría morir joven dejando varias realizaciones… en vez de ir borrando atropelladamente todas estas cosas delicadas…”.
Francesca Woodman (1958-1981)

El amanecer de Francesca Woodman

 La noche había sido intensa. El humo, denso y azul, aún hacía los contornos de las cosas borrosos. Ella estaba sentada en el suelo, descalza, con un cigarrillo a punto de consumirse entre sus inmóviles dedos. Por todas partes, desorden y algunos vasos llenos de alcohol hasta el borde.  Manchas en el parquet. Una cámara de fotos. Papeles. “¿Qué había sido de los pájaros al amanecer?”. Se preguntaba la joven con el corazón helado. “Ya no se oyen en esta parte de la ciudad, maldita ciudad de plástico y metal”. Ella siente un escalofrío recorrer su entumecido cuerpo, quisiera salir corriendo en busca de esos pájaros perdidos, para traerlos de vuelta a su rincón.
La noche fue una alegre tempestad. La gente había llegado con su ruido de besos largos, y se había ido dejando un poso denso y hermético. El cigarro se consumió en los dedos de Francesca, y ella ni se dio cuenta. Era una hora mala para darse cuenta de las cosas, mucho mejor dejarse llevar por el humo.  Ella, en realidad, no quería estar en otro sitio. No podía imaginarse lejos de su pequeño piso. Aquel era su espacio de creación, dónde intentaba captar la esencia misma de la luz y la verdad de los cuerpos. Francesca suspiró y encendió otro cigarrillo. Ella quería quedarse allí, quizás para siempre.
Tanto frío sintió que al  final se levantó, lentamente, como una vieja con huesos de cristal. Entonces recordó que el amor era una herida abierta de par en par que ya no le pertenecía. Francesca quiso llorar, pero  sus ojos  eran  dos pesados ceniceros preñados de colillas. Su boca pastosa le trajo a la memoria viejos besos borrachos. Nudos de alquitrán sujetaban sus muñecas. Un día fue capaz de captar la luz con sus manos, la belleza de lo irreal. Pero ella ya no sabía cómo continuar con su trabajo. Ya no era capaz de captar la magia de los cuerpos desnudos, ni la verdad de su propio rostro. ¿Qué haría si los pájaros la abandonaban para siempre?
El frío, como si fuera su señor, la había poseído.  “¿A dónde iré, si ya no puedo crear? Mi cabeza es un laberinto  lleno de enredaderas. Trepo por ellas, me subo por las paredes, arranco el papel de flores, me lo como con desdén,  pero no soy capaz de encontrar la luz en esta habitación. Y el frío como un puñal me arrebata las ideas. Una a una. La ventana es como una boca desdentada y sucia que me insulta. Yo antes era…  Francesca Woodman, y creaba bellos universos borrosos y etéreos, como mi propia vida. ¿A dónde han ido? Tengo algo roto aquí dentro, algo pesado que tira de mi hacia abajo. Pero sé que en el fondo no hay nada. La inspiración ha salido volando por la ventana. Volando, lejos de mis manos.”

Ella se mira reflejada en el cristal, y toma una decisión. La que de una vez por todas la hará inmortal e imperecedera.  Como sus fotografías, Francesca se desdibuja para decirnos algo. Sólo hay que escucharla con los ojos bien abiertos. Entonces, de alguna manera comprenderemos porqué Francesca Woodman dejó de ser para habitar en sus fotografías.

Allí, la luz es  clara y los pájaros siempre cantan al amanecer.

 Anaisnit Marzo 2010

3 comentarios:

poma fidiró dijo...

en portugués:
http://nervoeiro.blogspot.pt/2013/10/el-amanecer-de-francesca-woodman-o.html

Anais Nit dijo...

Todo un placer y un honor que me traduzcan el texto al portugués. Un cordial saludo, poma fidiró. :)

alberto augusto miranda dijo...

un placer.
Colgué aquí también:
http://meninasvamosaovira.blogspot.pt

saludos