8.5.16

El resto de su vida

Él había llegado a eso de la una de la madrugada. Abrió con la llave que ella le había dado tiempo atrás, cuando eran otra cosa, no dos enemigos que follan. Ella le esperaba a oscuras, mirando por la ventana, envuelta en la bruma azul de sus Malboro light. Él había bebido un poco, como siempre. Le dijo algo seco, poco tranquilizador, ella le escuchó en un silencio casi hipnótico. El hombre empezó a impacientarse, se acercó a ella, quiso tocarla, besarla con su boca hambrienta. Ella se escurrió como un pez de plástico. Se quedó de pie, sujetando su cigarrillo y mirando con desprecio al hombre que había amado. La mujer le pidió con voz tranquila que le devolviera las llaves, que no volviera más. El hombre la miró con desdén y soltó una carcajada. Entonces se abalanzó sobre ella, con lujuria y burla. Era un hombre demasiado delgado para tales pretensiones de fuerza, pero el alcohol y el desplante le habían animado. Ella esperaba de alguna manera el ataque, le dio un empujón y  lo golpeó con el cenicero de cristal que llevaba en la mano. Todo fue muy rápido y muy lento. Rápida fue la idea de matarlo, de acabar con ese ser mezquino que le recordaba su propia mezquindad, su vulgaridad. Lenta fue la muerte en llegar.-"No puedes negarlo: estás jodida, jodida, pensó la pálida mujer, y ni la ginebra podrá con tus fantasmas. Hoy debe ser el fin del mundo, de mi mundo". Ella  permanece de pie junto al cuerpo de su amante. La sangre se escurre por la alfombra. Una pena, es una alfombra preciosa, piensa la mujer. Sigue fumando mientras los minutos se deslizan pesados como lápidas. Deshacerse del delgado cuerpo será complicado. No estoy dispuesta a tocarlo más de lo necesario, así que lo dejaré allí. Lo envuelve en la alfombra y lo arrastra hasta la cocina. Tenía una magnífica y enorme nevera, último modelo. Sacó con cuidado la comida y las bandejas. Había espacio suficiente. De momento se quedaría allí. Suspiró, no tenía ganas de pensar en todo lo que tenía que limpiar. Limpió y luego se sentó a llorar un poco, más por cansancio que por arrepentimiento. Se sentía liberada. Por fin podía dejar atrás todo lo podrido de su vida. No bajó las persianas del todo, y dejó la luz del cuarto de baño encendida como una pequeña excentricidad. Todo estaba claro y no iba a cargar con nada que no fuera imprescindible. Cerró la puerta con cuidado, vació el buzón. Vació su vida pasada en la basura. Sentada en el taxi pensó que tarde o temprano se sabría todo, pero para entonces ella ya no sería ella nunca más. Que se supiera o no le daba igual, porque de alguna manera sabía que era muy capaz de vivir con un cadáver en su nevera.




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