El niño escorpión
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Ilustración de Ali MissGum |
Llevo a mi niño enroscado al cuello. Es su forma de darme cariño. Es tan
pequeño y frágil… Aunque tenga esa coraza que parece inexpugnable y esas
amenazadoras pinzas que tantas veces me pellizcan sin maldad. O esa cola con el
aguijón y sus ojos pequeños y agudos. Yo sé que cuando se me enrosca así es
amor. Puro amor, cómo sólo una madre y un hijo pueden tener. ¿Qué me importa a
mí qué ellos no lo entiendan?
Ayer lo noté más reservado de lo normal. Estaba muy callado, yo
intentaba alegrarlo y jugaba a tirarle de las pinzas. Me lo llevé al parque
para que se pusiera a jugar en los castillos de madera pero los otros niños
gritaban y salían corriendo al verlo. ¡Qué crueles son los críos! Necios sin
piedad escrutando la naturaleza de mi pequeño. ¿Cómo se atreven? Y los padres y
madres, estirados con cara de asco, odiosos en su perfección, mirando por
encima del hombro. Desaprobando a mi pequeño y mi forma de educarlo. - No
debería acercarse tanto a los otros niños. La madre no debería traerlo aquí. - ¡Malditos
todos! Cogí a mi niño en brazos y me lo llevé de allí. Ahora él está aún más serio,
y me mira muy solemne. Me pregunta porqué él es diferente. Lo miro con lágrimas
en los ojos y le digo que él es mi pequeño escorpión, que yo lo quiero más que
a nada en el mundo, que siempre tendrá a su madre. Le digo que los otros niños
son tontos, y malos y no merecen nuestra atención. Él asiente, como comprendiendo
algo muy profundo. No me habla ya en todo el día. Esta noche no lo encontré en
su habitación. Le llamé con mil nombres cariñosos. Le susurré mi amor, mi amor,
¿dónde estás? y él no apareció.
Esta mañana lo encontré en su camita. Estaba resplandeciente. - Mamá, ya no soy
tan diferente. Me dijo feliz. Yo no entendía muy bien ese cambio de humor, lo cogí en mis brazos y él me dio un pequeño pellizco, de broma, en la mejilla. Entonces empecé a oír los gritos. Los alucinados gritos de los padres y
madres al despertar y descubrir que algo horrible le había pasado a sus hijos. Mi
niño me miró orgulloso, esperando mi aprobación. Yo
abrí mucho los ojos, y vi por primera vez lo desmesurado del amor. - Eran
malos, mamá. - Me dijo mientras agitaba sus pequeñas pinzas.
- ¿Pero qué has hecho, pequeño?-
- Ellos... ahora son...son...- Pero no acaba su frase. Se me queda mirando extrañado por mi pregunta.
- No podemos quedarnos aquí.- Le digo, con la voz rota. En ese momento me siento terriblemente cansada.
- No quiero irme, mamá.
- Hijo mío, debemos irnos antes de que sepan lo
que has hecho. Mi dulce, dulce niño escorpión. Lo que hemos hecho.
- Los niños no están muertos, mamá.- Me dice con calma. - Los niños serán
como yo. Serán hermosos niños escorpiones y juntos podremos
ir al parque a jugar.
Me quedo muda de admiración y dolor. Ahora entiendo la soledad infinita de mi pequeño. - Estoy orgullosa, amor mío.- Le
digo. - Eres listo, pero ellos vendrán a por ti. Ahora querrán matarte.
Vayámonos, lejos.
El niño escorpión se agita nervioso. - Pero yo no quiero ser diferente. - Me
grita enfurecido. -¡ Es culpa tuya,
tuya mamá!
Lo miro consternada. Bajo la mirada para contemplar de cerca sus
diminutos ojos. Entonces entiendo que mi niño es realmente un escorpión y que
no tiene lugar en este mundo. Ni mi amor de madre puede con esto. Me clava su
aguijón en el corazón y el dolor es tan intenso que el mundo se
transforma en una mancha gris palpitante.
Ahora el niño escorpión está solo.
Los otros niños escorpiones murieron, quizás a manos de sus propios padres.
La madre del niño escorpión se retuerce morada en el suelo. En sus ojos, el
amor. Amor, amor por su pequeño. Amor infinito. Mientras, la vida abandona su
cuerpo. - Ya sé tu nombre, susurran sus secos labios,- te llamaré... - Y se apaga del todo.
Nadie en este mundo le querrá igual. El nombre del niño escorpión se va con ella.
El niño escorpión necesita una nueva mamá. Una que le quiera tanto como para ponerle un nombre.
El niño escorpión abandona la casa.
Se lleva con él todo el amor del mundo.
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