Carroñeros
¡Qué me importa a mí el tiempo perdido! Ni las oscuras ojeras ni las manchas en la piel. Qué me importa a mí el olvido, ni la pereza, ni el qué dirán, si no existen más que para atormentar las almas de los que aún esperamos, de las que aún intentamos sobrevivir… ¿Me importa eso? Nada, tal vez. Esta casa es pequeña y llena de trastos. Este oscuro pasatiempo de la autocomplacencia y el hartazgo. Un mal chiste. Una adivinanza fallida. El misterio de la casa de los miedos más feroces. Estamos perdidas, ¿qué más da todo lo demás? Si la sinrazón se apodera de los corazones, nuestro pequeño país no será refugio de los carpinteros, ni de las alondras, ni de las golondrinas. Será nido de urracas y cuervos, y todos, al final, seremos pasto de los gusanos. Pequeños cuerpos blanquecinos que nutrirán con deleite a los carroñeros que ahora campan a sus anchas.

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